lunes, 16 de marzo de 2009

Comida

Un nuevo descubrimiento desagradable. Mi programación vital tiene otros fallos. Tal y como leí en el ordenador mientras todavía estaba en órbita la comida alemana se basa en el procesamiento de residuos cárnicos con formas fusiformes o cilíndricas (salchichas) y la verdura potencialmente gasificante macerada (col). Por ello elegí una programación cromática para mi paladar basada en estos gustos. Sin embargo, al procurarme alimentos, he descubierto que los berlineses recurren a otra clase de nutrientes que parecen ser bastante populares. Además, a juzgar por la información iconográfica del envase (adjunto imagen tomada a hurtadillas) dichos alimentos se consumen haciendo uso de bonitos trajes regionales, por lo que descarto que su consumo no vaya asociado a alguna clase de misterioso rito comunal. Por ahora desconozco más detalles, pero seguiré informando.
Aquí Berlin. Corto y cierro.

Primeras impresiones (I)

Todo en orden. He confirmado el lugar de aterrizaje y recibido el primer mensaje de Control, en el que se me ruega quede a la espera de nuevas instrucciones.
Como antes de descender me sometí a un programa de preparación subhipnótica en la nave, me he recuperado relativamente pronto de la confusión del aterrizaje y esta misma mañana he podido realizar una exploración aleatoria del entorno.
Las condiciones atmosféricas no eran extremas, aunque lloviznaba y la temperatura no superaba los 8 grados. De repente me he dado cuenta de que llevaba muchos meses sin experimentar la sensación de la lluvia y me ha parecido gratificante. Estimulado por este pequeño descubrimiento he avanzado más allá del punto de inserción y he explorado también los límites de mi barrio, en un lugar central de lo que los berlineses llaman Mitte. Como aquí no tengo a mano mis verduras hidropónicas ni mis guisitos liofilizados, mi primera prioridad ha sido procurarme alimentos. Con este fin he entrado en un supermercado. Al principio me he sentido un poco mareado por la abrumadora gama de posibles productos, todos ellos con etiquetas de colorines y palabras brillantes que no entiendo. Mi comida en la cápsula sólo tiene la etiqueta gris y naranja de Control, así quie no estoy acostumbrado. De pronto, me he dado cuenta con disgusto de que la programación lingüística subcortical a la que me sometí ha sido un completo fracaso. Las palabras me resultan desconocidas y los sonidos son extraños. Debo haber escogido un patrón subcortical erróneo: aleman medieval o dialectología alsaciana, quizás, porque no entiendo nada. Esto me ha puesto un poco nervioso y me hace sentir como si estuviera desnudo delante de la gente. Por ejemplo: una anciana se me ha acercado y, con un bote de algo rojo en la mano (¿remolacha? ¿salsa para pasta? ¿Quetchup?) ha dicho algo que ha sonado así: sustackdafmittel bert ij cornlish u ya ya dasduferxxtauern. Así que yo me he limitado a sonreir y salir corriendo discretamente hacia los productos lácteos. Luego lo he pensado y esto tanto podría haber significado: ¿es una vergüenza que la mermelada de ciruela esté tan cara, a que si? Pero también podría ser: maldito intruso, tienes toda la cara de estar aquí de paso, y además te estás llevando los últimos linguini!
Bueno, ahora voy a intentar conectar con Control. Corto y cierro

domingo, 15 de marzo de 2009

Aterrizaje! Aterrizaje!

Cuesta creerlo, pero Berlín se ha hecho realidad.
Hoy, en la hora prevista, he recorrido los últimos metros hasta la cápsula de descenso pensando en las rutinas que dejo atrás, en mi camarote, la sala de control o el jardin hidropónico. ¿Quién estará allí en mi lugar? Después la activación de la cuenta atrás ha hecho que cualquier pensamiento superfluo se esfumara. En unos segundos una mano invisible me ha empujado contra el asiento y he visto desvanecerse el universo a mi alrededor, mientras la tierra se hacía más y más grande...
Ahora he aterrizado, pero no puedo ofrecer más detalles. Estoy aturdido por el descenso. Volveré a comunicarme tan pronto me sea posible; tan pronto haya asumido que he perdido mi condición estratosférica para volver a ser alguien que camina entre vosotros.
En alguna avenida berlinesa.

miércoles, 4 de marzo de 2009

Sabiduría


domingo, 22 de febrero de 2009

La normalidad

Después de algunas jornadas de caos interior y turbulencias exteriores parece que un equilibrio ingrávido empieza a restablecerse en la cápsula. Como siempre, cuando las paredes de esta lata parecen convarse bajo la presión he recurrido a las pequeñas tareas de mantenimiento para ensimismarme lo suficiente como para capear el temporal. Otra cosa que he hecho es leer. Aquí el tiempo existe de una manera diferente, claro. Noche y día se confunden y en muchas ocasiones me siento en el catre de mi camarote sin saber muy bien qué hora es. Entonces tomo uno de los libros que traje para el viaje y empiezo a leer hasta que el sueño me derrota. Hoy, después de varias horas de trabajo, me he tumbado con ese propósito. Antes de que me diera cuenta me había quedado dormido con el dichoso libro sobre el pecho: una recopilación de poemas de José Antonio Muñoz Rojas, alguien que no sé qué hará ahora, en la tierra, mientras escribo estas líneas. Puede que se encienda una pipa, o coma un sandwich o bostece como yo. Me da igual. Cuando he despertado el libro estaba abierto por una de sus últimas páginas y justo frente a mis ojos flotaban estas palabras:
No estar aquí
ni en parte alguna
es condición del hombre,
carne propia

Y me he dado cuenta de que no hace falta vagar en órbita para sentir que lo importante está lejos, que somos extraños a nosotros mismos y a la vida que nos rodea... benditos los libros, porque enmedio de mi útero de acero galvanizado son lo único que tiene sentido.

Que descanséis terrícolas

sábado, 14 de febrero de 2009

aurora

Sin embargo, el universo te sorprende cada día con algo nuevo.
Cuando todo parece parte de una monotonía de negrura infinita, sólo atravesada de cuando en cuando por el brillo filiforme de la luz muerta procedente de alguna estrella lejana, de ese vacío surge algo bello. Hoy contemplé esta aurora magnética que, como la flor de un día que crece tras una lluvia ocasional en el desierto, apenás duró lo justo para embaucarme con su belleza. Conseguí tomar una breve instantánea de colores desvaídos que parecen jugar a resbalar sobre el casco de la nave.

Espero que su contemplación os sea tan placentera como a mí, a vosotros que siempre tenéis algo más importante qué hacer.

domingo, 8 de febrero de 2009

Solaris

Mañana soleada. El sol ha empezado a cortejar el horizonte justo cuando tomaba mi desayuno , apareciendo como una gran explosión que desbordaba las fronteras de un planeta sombrío y aparentemente aletargado. Normalmente cierro escotillas y despliego paneles de densidad para que la radiación no vuelva loco los instrumentos o fría mi ARN. Pero hoy no. Estos últimos días mi órbita ha estado teñida de una oscuridad casi completa que la vaga luz iridescente de cabina apenas podía traspasar sin parecer un enano flaco enfrentándose a un gigante mutante. Me sentía incapaz de hacer nada más que las rutinarias tareas de mantenimiento. De pronto, me asustaba la posibilidad del descenso, para el que quedan apenas cinco o seis semanas. Por eso, cuando he visto esa luz granulada que barría cada centímetro de esta jaula de titanio y acero, peligrosa y estimulante a un tiempo, he aprovechado una ventana de segundos que me da el lapso de respuesta de la computadora de a bordo para contemplarla de frente. Sin lentes. Sin traje de protección. En cuanto esos rayos, espesos como la mantequilla, me han tocado, he sentido arder la piel. A mi alrededor la temperatura subía y he empezado a sudar, todavía con la taza de café soluble en la mano. Entonces ha sonado una alarma y la nave ha rotado lo suficiente para evitar la fusta de ese sol mortal. De nuevo, todo está lleno de una sombra iluminada suficiente para ver; decepcionante porque no brillan los objetos ni se calientan las entrañas. Y en medio de todo, vuestro cosmonauta parecía una figura sobreexpuesta intentando darle esquinazo al desaliento.